“Un encuentro inesperado…”

Durante muchos años cazamos una finca en el entorno de la mítica e histórica ciudad de Trujillo. Era una maravilla de paraje, con una mancha fuerte, de jaras y madroños, que cubría la cara de la rivera. En los altos, magníficos barbechos que se sembraban anualmente, comida para cuantos animales, domésticos y no, rondaban la zona.

Ese año el precinto del corzo seguía inutilizado, buscando ese macho que cumpliera las exigencias. Una cerca: “La de la pared de piedra”. El morrón resultaba fabuloso para esta especie, siendo un magnífico criadero de los protagonistas. Este se encontraba salpicado de encinas centenarias, que sombreaban el trigo. Tras varios días en busca del macho, solo los jóvenes y las hembras, amparando a sus crías, se atrevían a aparecer.

Con la noticia de la disponibilidad del precinto, un socio se puso en contacto con nosotros y, después de los trámites, la hora de quedada y el día cerraron la conversación.

Cáceres y una noche rota por las farolas que esclarecían la ciudad, nos despedían de ida al cazadero. El bar donde siempre parábamos al café, El Cruce (en la A5), era el lugar acordado. Nuestro amigo venía sediento de información, pidiendo hasta el más mínimo detalle sobre los corzos avistados y su tamaño. Aun no despuntaba el sol y el asfalto temblaba al paso de la pickup. Comentábamos de camino cómo y por dónde intentar el rececho esta vez. Obvio los días, no por ser banales, que intentamos las entradas a un corzo que parecía bonito, pero los problemas de aire y las corzas siempre ojo avizor, lo hicieron imposible.

Paramos el coche y con el sol por la espalda, y el viento de cara, andábamos en busca de la siembra de la cerca. La dehesa es un paraje único. Veíamos anochecer la vida nocturna, recobrando su rutina la diurna. Todo tipo de pájaros recibían al día y el zorro, salía para buscar su desayuno. Solo dos días y la temporada acabaría, por lo que había que inspeccionar cada rincón del campo. La primera corza daba la cara, por debajo de nosotros, de camino al río. Los cuatro que recechábamos, quietos. Prismáticos en los ojos buscando a su acompañante. ¡Qué belleza de animal! El duende por sus movimientos, sigilo y presencia, vuelve adictiva su caza. El pelo de la corza no estaba del todo mudado, y a la altura de las jaras desaparecía en busca de agua o cobijo. Los calores de julio empezaban a ser notorios sacando brillo a nuestras frentes, que de cerca en cerca, seguíamos con la búsqueda. La mañana transcurría con calma, alguna cierva rompía la tranquilidad al trote por la siembra y el joven zorro, volvía hacia lugares más frescos. Se iban viendo algunos corzos, las corzas descansaban en las sombras mientras los corcinos, sin despistarse, jugaban alegres de arriba abajo. No descansábamos más que para observar y la presencia del fracaso comenzaba a rondar las cabezas.

Nos encontrábamos en una disyuntiva, intentar la entrada por la tarde o retirarnos, pues el cazador tenía que estar en Madrid esa misma noche. Se cubría el cielo y empezaba el viento a bambolearse. La cosa no pintaba nada bien y el gris, que amenazaba tormenta veraniega, decantó la balanza, montándonos en el coche. La caza es así, cuando piensas que hoy es tu día, te demuestra que por más vueltas que le des, más es capaz de darte ella.

Nuestro amigo planteaba la idea de recechar el día siguiente por la tarde, cuando terminase la reunión y entre planes y organizaciones, me bajaba para abrir la cerca de la pared de piedra. Teníamos que atravesar la cerca de nuevo y con el coche en marcha, aquí un presente intuyó una cabeza a la sombra de un chaparro. Frenamos en seco y con la marcha atrás metida, confirmamos la presencia de un macho. La perspectiva no era buena, lo mirábamos de abajo arriba pero parecía grande. Los prismáticos apuntando. Era un corzo que jamás habíamos visto. Resultaba raro su presencia, seguramente la hembra aún no estaría alta y por ello no se le había visto por allí. Estos animales son sumamente territoriales, por lo que dos machos en una misma zona…difícil. Era un corzo espectacular, con un palmo por encima de la oreja. Parecía petrificado, parecía, porque al abrir la puerta…¡chico brinco que pegó!. Enseguida nos pusimos manos a la obra, las dos de la tarde y buscábamos cómo entrarle. ¡Esta cerca nunca falla!. Cogimos el aire y a paso ligero, trasponíamos unos cuantos metros a la derecha por donde lo vimos marcharse. Allí estaba él, parado mirando a cien metros, observando a quienes rompieron su descanso. La sombra de la bellotera lo pintaba de negro pero la silueta se prestaba imponente. A pulso fue su decisión. El corzo terciado, el sol sacando alientos hasta a las plantas y un zumbido retumbó por las Villuercas ¡Qué emoción! El cazador estaba pletórico.

Los abrazos dieron pasos a las fotos. Era un perfecto y simétrico animal, que al final daría bronce. La alegría a flor de piel. Extremadura se convirtió en el paraíso de ese día. Fauna salvaje, de la que supimos aprovechar hasta los andares a golpe de navaja. Comimos en la plaza de Trujillo, que a las cuatro y algo de la tarde, esos bocadillos eran un verdadero manjar. La caza tiene su cosilla, esos inesperados cambios, ese salto de la liebre como predice el refrán. Quizá por ello sea por lo que la caza nos apasiona y enloquece.

Por Ignacio Candela

 

Categoría: Blog Relatos

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